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HONEY PIE

Me costaba entender cómo podía yo estar ahí. Paré un rato, necesitaba tratar de escuchar la voz que algo me había estado susurrando anoche. Me senté y un tipo atento vestido de garzón me alcanzó un trago. Aquella bebida sabía asquerosa y me dijo cómo a usted le gusta, don Alberto. Sólo por cumplir le di las gracias pero aquello no me gustaba nada. Me levanté hacia la terraza, mucha gente para mi gusto, demasiadas conversaciones y de repente sentía que no conocía a nadie. Necesitaba encender un cigarrillo, me acerqué al primer grupo de charladores y pedí un cigarrillo, sin mentirte, salieron 5,6, algunos ya prendidos, tomé el más cercano y me alejé, musitando un gracias de nuevo sólo por cumplir. El humo
me hacía sentir curiosamente más ansioso, dejé el vaso en alguna parte y me alejé lo más posible, casi ocultándome. La noche estaba fresca y con un poco de concentración podía olvidarme de la música,de la multitud, del malestar que me había estado molestando desde hace unos días. De pronto recordé una bicicleta, azul , con unos stickers infantiles, y unas ganas locas de montarla me acometieron.Y el vino, vino tinto y no esa porquería que el garzón me había servido. Entré a buscar vino y una mujer me sonreía . Disculpe, le dije, permiso. Pero me tomó del brazo con una inusitada fuerza. Seguía sonriendo, como si tuviese que sonreir para una omnisciente cámara. Sin pensarlo mucho le dije lo siento, ya estoy casado y ella aflojó un poco su mano pero no me soltó. Pensé que quizás te gustaría tomar algo de vino conmigo, dijo, y yo sólo me pude imaginar que mi memoria ya estaba sufriendo los estragos de los 40 y que la ciencia hace maravillas por las mujeres vanidosas, pero la voz me era desconocida. Claro, le dije, un poco de cabernet sería fantástico. Fuimos hacia la barra y ella se encargó del pedido. Una mujer que supe inmediatamente era mi esposa nos observaba desde unos ocho metros. Le sonreí y ella parecía un tanto molesta, como si yo hubiese roto una promesa ya olvidada. Se acercaba lentamente, como si fuese una de esas bestias predadoras que no atacan de inmediato. La mujer del vino, que era rubia y muy blanca
me sonreía con evidente deseo de intercambio. La mujer que se acercaba era más morena aunque mejor proporcionada, se notaba en ella el rigor del ejercicio. Dijo al llegar a la barra hace tiempo que no te veía tomando vino, Yayo. ¿ Yayo? , me pregunté , que apelativo más idiota. La mujer rubia río. Les dije, creo que vi a un amigo allá y me escabullí, ellas se conocían, se saludaron con la vieja camadería de quienes se detestan. Los últimos metros hacia la puerta los corri. En el bolsillo de la chaqueta estaban las llaves del auto, oprimí la alarma y las luces me guiaron a un auto negro. Salí de allí y en el radio lo primero que sonó fue Cocteau Twins, no podía ser. Algo iba y venía. El carabinero me dijo hubo un asalto , ojo. Seguí mi marcha y llegué al hotel. El recepcionista leía
" On & On", de Fernando R. Me entregó la llave sin mirarme, ni hablarme. Me eché en la cama y habían pasado unos minutos y escucho el suave golpeteo en la puerta. Una mujer, me dije. ¿Cúal? La mujer rubia traía una botella de tinto, ¿creiste despistarme? ¿creiste escaparte de nuevo? Yo supe que sería eso o lo otro. Descorché el vino y llamé al recepcionista, dijo con desgano las copas están sobre el frigobar, y colgó. Bebamos por ti, dijo ella, bebamos por la boca, le respondí. Sus labios estaban frios , como si no hubiesen besado nunca a nadie con cariño, le pregunté ¿de cúanto estamos hablando? ella sonrío, como si no captase lo que le decía, tengo una idea sobre ti que quiero al fin dilucidar. El que usara el verbo "dilucidar" me hizo sentirme un poco atraído por aquella mujer que se tomaba tantas libertades conmigo. Me eché a la cama y ella me pidió que me sacara la camisa. Sus labios seguían fríos, me producían escalofríos en el pecho, nada cálido pero tampoco desagradable. Sabía que la mujer que era mi esposa si bien parecía más cruel y despiadada, era más apasionada en esas instancias.Se lo dije a la rubia, que ya me mostraba su desnudez, parecía hecha de leche y aquello me asqueó un poquito. Pero su cuerpo no evidenciaba intervención y aquello compensó. Parecía una niña de pechos pequeños y muy erguidos. Su piel era muy muy suave pero sabía a leche y eso me repugna. Déjame en paz, le pedí, me siento muy extraño, muy distinto.Pero me costaba hablar, tenía toda mi boca en ella, en la única parte de ella que sabía a mar.Sentí unas enormes ganas de golpearla, como nunca antes, se apoderaba de mí una furia que no era mía, la tomé con fuerza, la zamarrée y ella gustaba de aquello, se notaba en la mirada llena de lascivia que le agradaba ese juego y le complací, la eché sobre su estómago y fui brutal, nada sutil, bestial y así nos encontró la mujer que yo estaba seguro era mi esposa, acompañada del recepcionista que me miraba con un profundo desprecio, como los abstemios observan el desfile de curados en Bellavista. Tan predecible, Yayo. Yo no soy Yayo, dije, aún en aquella postura.Sabía que a ella nada ya le moslestaba.Le dio unos billetes al recepcionista y se sentó en el sillón, nos sacó fotos, me dijo, hacía tiempo que no te veía tan entusiasmado, cuando yo me sentí en la deseperación más absoluta. Perdí la calma, me levanté y tome a aquella mujer morena que era fuerte, opuso resistencia pero yo era más , la eché a la cama junto a la otra y le rasgué su blusa, su ropa interior era de mucha mejor calidad que la de la otra, su carne morena tonificada y sus dientes se me clavaban en mi carne con una gratificante fuerza. La rubia tomó la cámara y nos tomó fotos, me preguntó donde estaba la función video y le respondí donde sale un monito de una camara, duh! Mi esposa sonreía con una malvada complicidad. ¿Te creis muy macho ahora?, me preguntó, sí le dije, me creo la raja mientas le arrebataba su falda de mezclilla.Los flashes cesaron y la rubia se movía como si filmase dogma 95. La morena ya estaba desnuda y su cuerpo era todo desafío, le dije seguro que los chulazos que te merodean te dejan contenta, seguro que esta semana tu jefe te llevó a Viña, a Baires, mientras yo me consumía en aquel salón, tratando de entender porque tu odio era tan profundo que me mantenías a tu lado, yo, un pobre huevón , podría acaso ser un trofeo tan pero tan culiao de tu fracaso como para que tú no me dejarás ir en paz? ¿A juntarte con tus putitas? preguntó , señalando a la rubia que parecía haber ganado cuerpo, parecía agigantarse mientras me hundía sus uñas diminutas en la espalda, la morena sacó de su cartera el arma que yo recordaba haber botado al río, una vieja Walther PPK que mi abuelo me había regalado a escondidas. Puso la pistola sobre sus pechos, que se agitaban en un muy acompasado frenesí, si la tomas me tienes que dejar todo tu semen aquí, dijo mostrandome su pecho , no tengo ya casi nada ,le dije, lo malgasté ,lo desperdicié pensando en ti , cuando te hacías la dificil, cuando te negabas a recibirme, ¿no recuerdas? Yo sentía una profunda y creciente rabia, y la rubia sin siquiera pedir permiso, tomó de mí y comenzó a ordeñarme como si yo fuera nada que eso, un pozo que secar, y así estuvo, yo no la pescaba, tenía mi mirada clavada en los ojos gitanos de la que era mi esposa y ella ansiosamente esperaba el momento, así permanecimos minutos largos, hasta que tomé el arma de su pecho para no salpicarla.Las dejé, gimoteaban , una esparciendo aquel veneno en su pecho, la otra filmándome mientras me vestía. Salí y en la recepción apunté la pistola contra la cara del imbécil pero me arrepentí y disparé contra su libro, el que voló despedazado.

Comentarios

Unknown ha dicho que…
Pobre Yayo. Que le digan así ya es lamentable.
Tu cuento es del pasado, pero, está bien: no todo puede ser felicidad en los cuentos.

Deberías hacer una recopilación de los mejores y llevarlos a editoriales. No perderías nada y, quién sabe...

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